Actualidad

01/06/2026

Con la música a otra parte 

Lorena, educadora social del Centro de Terrades, nos comparte su opinión y experiencia con una de las personas a quienes acompaña:

Ayer nos sentamos a hablar sobre su vida. Los relatos que compartía parecían sacados de una de esas películas trágicas en las que la salvación nunca llega y el sufrimiento parece no tener fin. Sin embargo, en ningún momento sus ojos se llenaron de lágrimas; más bien transmitían una serenidad firme. Eran unos ojos cambiantes: verdes con matices marrones y negros; a veces marrones salpicados de verde y negro; otras, incluso oscuros, casi negros, con destellos verdosos y castaños. En todos sus matices, hablaban desde la fortaleza.

Me resultó asombrosa su capacidad para no llorar. Yo contenía mis propias lágrimas mientras ella no dejaba de verbalizar los horrores que había vivido en su infancia, en su adolescencia y también en gran parte de su vida adulta.

Explicaba, sin tapujos, lo que significó nacer en el Campo de la Bota. Narraba la felicidad de las criaturas que crecían entre barracas y vicios diversos y, sin darse cuenta, se comparaba con esas vidas alegres que no habían sido la suya. Me contaba, sin esconderse, que cuando derrumbaron aquellos barracones y les ofrecieron viviendas en La Mina, nada cambió. No tenía que ver con el lugar, sino con su familia y con el malfario que los perseguía desde hacía demasiado tiempo.

No dudó en abrirse y contarme todas aquellas anécdotas que hoy explican quién es. Lo hizo como si se tratara de algo pasajero, sin darse cuenta de que me estaba abriendo su corazón y también mi mente.

Recorrió todas las etapas de su vida, todo aquello que un día la había herido: en lo mental, pero también en lo físico. Me habló de heridas que permanecieron abiertas durante mucho tiempo y que hoy son cicatrices.

Tampoco contuvo palabras al hablar de su adultez, de esos recuerdos que aún guardan las calles del Barrio Chino de Barcelona, concretamente la calle Robador. Hablaba de historias de amor y de desamor; todas, en el fondo, remitían a lo mismo: al sufrimiento. Un sufrimiento, sin embargo, lejano, como si el relato se mantuviera al margen de su propia vida.

Mencionó en varias ocasiones que había pasado tiempos difíciles, que nunca supo lo que era el amor de una madre. Incluso la describía como una persona perversa, la primera en enseñarle lo que era sufrir. Decía que se sentía protegida por su padre, quien siempre impedía que su madre le hiciera daño.

Me habló de sus hermanas y de sus hermanos. Me contó que su madre había vendido a una de sus hermanas a una mujer rica, quien, poco después, la cambió de colegio y nunca más volvieron a verla.

Aseguró que ni sus hermanas ni sus hermanos habían recibido el trato que ella sufrió por parte de su madre. Dijo y dijo, dijo tantas cosas terribles… Me llevé las manos a la cabeza un millón de veces, aunque solo por dentro. Me limité a escuchar, a fingir que era únicamente la Lorena profesional quien estaba allí, mientras mi parte más humana afloraba cada vez que cruzábamos la mirada y le decía: “Siento que hayas tenido que vivir todo eso”.

Me contó que, ya de adulta, le prometió a su madre que haría algo terrible en su tumba el día que muriera. Le pregunté si lo había cumplido. Me aseguró que no había sido capaz. Cerré los ojos, apretando fuerte, y le dije que lo entendería si lo hubiese hecho. Sonrió, satisfecha, como si estuviera compartiendo la anécdota con una amiga. Creo que, en ese momento, sintió que podía confiar en mí una vez más. Nos miramos con complicidad. Fue simplemente magnífico.

Hoy vino con su móvil para pedirme que le pusiera música. Quería escuchar aquella música gitana que bailamos y cantamos juntas. Es un grupo que le presenté yo y, de algún modo, eso me hace sentir orgullosa de mi capacidad para acercarme a las personas a las que acompaño. Busqué en YouTube Los Yakis – Mamita molona y, tras varios intentos, su móvil empezó a reproducirla. Me lo agradeció, y sus ojos —cambiantes, verdes, marrones, negros, con destellos castaños— brillaron.

Se alejó de mí, de todo el ruido que podía perturbar su momento, y se llevó la música a otra parte. Un lugar donde estar sola, como siempre había sido, como siempre había estado. Lejos de todas esas historias que la hicieron sufrir.

Me asomé desde el despacho y la vi bailar. La vi destellar.

Entonces, por fin, pude llorar yo también. Pero esta vez, de felicidad.